Derivadas Sucesivas, 2017

 

 

La pintura está viva. No lo digo como algo contra la proclama del siglo XX que declaraba la pintura muerta. Lo digo en el sentido literal. La pintura genera más pintura, accidentes de los que quedan rastros, residuos inevitables. Entre el pote de pintura y el objeto a pintar usualmente se salpican y escurren gotas que manchan la superficie en la que caen. Nos hacen notar el material sobre el que aterrizan, y cómo éste se arruga si es papel, dejando un aro oscuro y húmedo alrededor del color, o se desliza sin penetrar si es plástico. Demanda que nos fijemos en el suelo, en la pared, o en las tablas que vemos en la calle, las cuales a su vez nos recuerdan las particularidades de aquellas que tenemos en nuestra casa.

La pintura es un accidente. Es un accidente inesperado que da lugar a más sucesos. Rompe la secuencia en que hacemos las cosas y pide atención. Se derrama, se filtra y se escurre sin que podamos atajarla por completo. Exige así nuestro tiempo. Mientras decidimos la mejor forma de limpiar, nos obliga a pensar en la voluntad propia de las cosas a nuestro alrededor, que tienen su propio tiempo y su propio espacio, sus propias categorías y sus propios órdenes. Sin darnos cuenta, nos envuelven en su fisicalidad, creciendo o comprimiendo su forma, desplegando o arrugando la arquitectura, cristalizándose o evaporándose. Nos desprende de la clasificación funcional de las cosas y permite que los objetos re-circulen, recolecten sus sobras, sus rebabas y su viruta y produzcan otros.

La pintura es un evento en el que las distancias se acortan, se asocian las cosas, se juntan, se rompen y se generan otras, se ensamblan y otras. En su calidad de residuo accidental, hace posible un mundo sin nosotros, en el que los objetos y los lugares se relacionan entre ellos a su manera.

 

Verónica Lehner

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